sábado, 8 de octubre de 2011

La habitación oscura

Todos conocemos la noticia del reciente asesinato, en una iglesia, de una mujer embarazada; también que fue perpetrado por un iluminado que se creía perseguido por el demonio. Los servicios sanitarios practicaron una cesárea de urgencia a la mujer, logrando salvar a su bebé, en parada cardiorrespiratoria. Pero el bebé murió a los pocos días. 
¿Sabían que se recomienda no reanimar a una víctima cuando lleva más de diez minutos en parada cardiaca, salvo que esta sea debida a una hipotermia o intoxicación por medicamentos?... Y es que el daño cerebral (daños neurológicos en el caso que nos ocupa, debido a la falta de riego sanguíneo), con ese tiempo, ya es grave e irreversible. Reanimando su corazón, estamos condenando a esa persona, y quizá también sus familiares más cercanos, a toda una vida de esclavitud en unas condiciones probablemente muy poco dignas para cualquier ser humano.

El pasado jueves, justamente, mientras esperaba mi turno de visita en el hospital donde me operaron de la pierna, a raíz de un grave accidente que sufrí hace unos meses, me contaba un paciente su experiencia con un familiar que vivió de cerca un caso similar: su cuñado entró con su hijita muerta en Urgencias, porque le habían suministrado por error un medicamento que no toleraba su cuerpo, y este le provocó una parada y como consecuencia la muerte, cuando a un médico residente “que pasaba por allí” se le ocurrió pinchar con una aguja el corazón de la niña, práctica médica tolerada en estos casos. Para sorpresa de todos, la niña comenzó a respirar, y su corazón a latir, pero los daños de su cerebro ya eran muy graves, e irreversibles. La niña murió pocos años más tarde, viviendo ese tiempo regalado en estado prácticamente vegetal, como en una habitación oscura, sin puertas ni ventanas, salvo por alguna mueca de vez en cuando que, más que esperanzar, desesperaba a sus padres, causándoles un indescriptible dolor.

Mi interlocutor me confesó, con cierto tono de culpabilidad, que a partir de entonces aquellos padres comenzaron a vivir, aunque cada uno por su cuenta pues ya no soportaban estar juntos. Gracias a Dios que al fin se la llevó, suspira apenado. Sale mi número en pantalla. Me despido estrechando su mano, deseando que jamás tenga que verme en una situación similar con una de mis hijas.

Disfrutemos de las pequeñas cosas. Y no juguemos a ser dioses. Porque los dioses, como los superhéroes de los cómics, en nuestra realidad no existen.
Nelo

9 comentarios:

JUAN dijo...

Es terrible lo que cuentas, amigo Nelo. Me pregunto por qué entonces los médicos intentan reanimarla si ellos saben lo que les pasa luego.
En este puto país pasa cada cosa...
¿Cómo te va? Ya veo que sigues sufriendo secuelas del accidente; pero espero que estés mucho mejor.Un placer volver a leerte, amigo. Abrazos y ánimo.

Manuel Pérez Recio (Nelo) dijo...

Supongo,compañero Juan, que algunos médicos creen que su trabajo es salvar vidas, sin valorar el concepto de vida en toda su magnitud.
Acuerdo contigo, este país es especial (algún día hablamos de las jubilaciones de algunos directivos de bancas que ahora piden ayudas para subsistir...)Terrible.
Y sí, andamos peleando todavía con el tema del accidente, pero esta batalla la gano, antes o después. Un abrazo
NELO

Esther dijo...

Ni siquiera es creernos dioses, Nelo: un dios resucitaría a Lázaro con sus funciones cerebrales íntegras. Más bien es, me parece, saber que no somos dioses pero temer aceptarlo.

Creo que, de a poco, la medicina va dejando de lado los intentos de mantener a los pacientes con vida en condiciones en las que esa vida provoca sufrimientos imposibles de revertir.

Un abrazo,
Esther
PD: ¡ánimo con la recuperación! Cada vez falta menos, ¿no es así?

CPR dijo...

Precisamente en estos días está en boca de políticos y "expertos" el delicado tema de la eutanasia. Unos defensores y otros detractores, lo que está claro es que opinar es fácil sobretodo cuando la vida que está en juego es la los demás.

Amparo Bonilla dijo...

Muy triste historia, pero cuando nos toca, es dificil saber que es lo mejor.

Manuel Pérez Recio (Nelo) dijo...

Bienvenida, Amparo.
Tienes razón, pero hay que pensar en que una decisión de tan solo un segundo puede decidir el resto de una vida, y un acto de bondad puede convertirse en un castigo, una condena para el beneficiario.
abrazos

Anónimo dijo...

Noviembre, el mes de los difuntos, ha colapsado de cadáveres el entorno. Ecónómicos, literarios, de sucesos...¡estamos bien!
Hace unos días, en un blog de un amigo, se discutió sobre la muerte y la muerte en vida.
Amo la vida, Nelo, pero no querría llevarla siendo un despojo humano. Todos coincidimos en ello, pero ¿quien sería capaz de apretar el botón para desconectarte? Nadie lo haría, aunque lo dejaras ante notario, aunque lo suplicases. Tampoco yo podría hacerlo (ni siquiera soy capaz de meter en agua hirviendo un cangrejo) y a los médicos les ocurre algo similar.
Me temo que, si a alguno de nosotros le pasa como a la niña, no habrá alguien tan generoso como para no reanimarte o pegarte un tiro, que a mi me daría igual.

Un abrazo.

Milagros

Manuel Pérez Recio (Nelo) dijo...

Gracias, Milagros, por pasar por el blog y dejar tu opinión. A veces, me siento una especie de monstruo porque creo que yo sí sería capaz de apretar ese botón. Pero tienes razón, hasta el último segundo nadie sabe cómo va a reaccionar.
Un abrazo, compañera.

Anónimo dijo...

¡Adjudicado, Nelo! Dejaré escrito y bien escrito que te pongan un post si esto me llegara a suceder.
No hay marcha atrás ¡lo dijiste publicamente! (ja, ja, ja)

Un abrazo, compañero.
Milagros