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Nelo
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Y fue llenando el profundo vacío de la hoja en blanco con palabras que no significaban nada, hasta que una noche de absenta y luna nueva quedó atrapado en ella. Entonces llegó la araña...
Avanzamos a campo-través y cielo
descubierto durante algo más de media hora hasta llegar al cauce de un sinuoso
reguero cuyas aguas, frías como la nieve, claras como el día y cuajadas de
cangrejos y alevines de barbo, discurrían entre juncos, cañas y lirios en flor
bajo una arcada de piedra y argamasa de unos doscientos metros de largo; el
migas se había referido a ella como Los Arcos, un acueducto de
origen romano que antaño servía para llevar el agua al otro lado de la
carretera. Junto al acueducto nacía una senda que se adentraba por una chopera
tan frondosa que dejaba en penumbra el reguero. Desde allí se avistaba a lo
lejos la imponente Villa de Alpuente, los restos de las murallas
que la rodeaban y su enorme castillo árabe, erigido piedra a piedra sobre una
inmensa roca de casi cien pies de altura. La senda, cada vez más angosta, nos
condujo por la ladera de una montaña muy escarpada, cuyas faldas terminaban al
borde de un profundo cañón con forma de hoz, por cuyo vientre discurría crecido
el reguero, entre pozas, toboganes de piedra y saltos de agua. Al otro lado
había una pequeña aldea de nombre Las Heras, cuyas casas se asomaban valientes
al precipicio. Rodeado de montañas y profundos barrancos, desde nuestra
posición, Alpuente resultaba un verdadero baluarte para cualquier invasor...